viernes, 13 de julio de 2012

La sonrisa de los animales



Cada noche dejamos un cuenquecillo de plástico con agua y otro rebosante de pienso bajo un seto, a salvo de la curiosidad humana que inmediatamente pueda sentirse ofendida, a saber por qué. Son dos o tres bebés-gato, y su madre preocupantemente delgada. Echar un vistazo a la mañana siguiente y ver la superficie de grano horadada por sus pequeños dientes de leche, y vacío el recipiente tras unas horas más, te instala en la ficción de una existencia razonable y hermosa.


Alrededor de un pequeño trozo de mundo, el de la manzana donde vivimos, hay gatos que sufren de hambre y sed, o atropellados –hace poco uno de ellos murió en nuestras manos-, perros encerrados en un piso durante horas infinitas, un pájaro exótico que se ha perdido por el descuido –esperemos que sólo descuido- de sus dueños y que se aferra asustado a los barrotes de una ventana… Apenas tres edificios y un jardín que conforman una dolorosa representación de la realidad que vivimos, dura, cruel hacia los animales. Y qué decir si cedemos a la tentación de mirar más allá: la vaca ahogada en Denia con motivo de una de esas fiestas bárbaras en las que los mozos nos hacen retroceder a la época previa a la Ilustración, la investigación de Igualdad Animal sobre los métodos de producción del foie-gras –de una perfección ajena a cualquier sentimiento de piedad que nos retrotrae al nazismo-, la plaga veraniega de abandonos de mascotas, las penas ridículas que sancionan a quienes se dedican a matar animales… Una de las grandes peleas de nuestro tiempo, para toda persona interesada por alguna clase de injusticia social, es la de mantenerse, no ya firme, sino optimista en sus convicciones. Sonreír en mitad del derrumbe. Claro que ellos también lo hacen:








Así que debemos responderles del mismo modo, aunque sólo sea por educación.

No hay comentarios:

Publicar un comentario