martes, 24 de julio de 2012

“Pequeños sueños gravemente heridos”, de Rafael González Tejel. Lucidez en el cruce de caminos.


Cómo tratar literariamente la juventud, he ahí el gran reto que afronta este libro, seguramente sin planteárselo, y del que el notable talento del autor lo hace salir victorioso. El tema ha sido y seguirá siendo objeto de novelas, películas, canciones cómics y poemarios, e invariablemente –a salvo excepciones como la obra que reseñamos- se adoptará una perspectiva equivocada. En lo creativo vivimos años de polarización a ese respecto: la juventud como delirio, caricatura del vacío y del exceso; o bien, por el contrario, como núcleo existencial de la vida humana, donde la persona se debate en dilemas egocéntricos de cansina profundidad, normalmente relacionados con el desengaño del mundo, la inconsistencia del amor, la imposibilidad de los sueños, etc. Saltamos así de la broma a la elegía, a cual más vacua y repetitiva. Y pasan los años y apenas quedan obras que merezcan la pena, que nos hayan proyectado el foco del sentido en alguna dirección inédita, imaginativa o conmovedora por su exploración sincera de la intimidad.


Recientemente me he referido a una novela –“Algún día este dolor te será útil”- que colocaba al personaje en la zona de tránsito hacia la vida adulta, con la carga de decisiones que ello conlleva, y lograba transmitirnos su zozobra interior mediante una voz narradora de intensa naturalidad. Algo parecido cabe decir de la voz poética de Tejel, sólo que donde allí había ironía y un humor liviano, aquí encontramos sabiduría y calma.


Comienza el libro con un poema memorable, que de alguna manera marca el tono personal -más que estilístico- del resto:

NUEVA RUTA

No aspiremos al trono de la felicidad efímera.
Conformémonos con resistir unidos
Hasta distinguir los copos de nieve del próximo invierno.


Estas palabras exactas, como sólo pueden serlo los buenos versos, revelan ya lo que iremos encontrando a lo largo de las páginas: un recuento vital realizado en el momento mismo de la bifurcación, cuando el camino se desvía hacia la madurez y ha de seguirse, o bien permanecer errático en el ya recorrido, que artificiosamente se prolonga; y una aceptación del paso del tiempo más lúcida que conformista. 

La primera parte del libro, compuesta por los poemas más largos, mira al pasado, al desánimo, a los ímpetus traicionados y a lo que ha cambiado para siempre. Recuerda "el divino regalo de la ingenuidad del principiante" y nos habla del destino incierto. Rafael González Tejel escribe poesía con plena libertad estilística, sin la previa adscripción a formas y cánones que la hagan previsible. En un mismo poema encontramos la metáfora brillante, el lenguaje seco y sentencioso, el dibujo mundano o el instante lírico. Incluso juega con lo realista y lo cotidiano en un vigoroso "Las chicas (m.m.s.)" que bien pudiera convertirse, con la música adecuada, en una canción eterna:

"Las chicas ya no suspenden matemáticas,
no mienten por teléfono
ni ahorran monedas para ir al estanco.
Ahora pasean sin rumbo en cualquier parque,
lloran rímel de tienda de barrio
y se caen en la escalera,
lentamente"


En la segunda parte del libro entra el amor en juego, anunciado en el pórtico por una tajante declaración de principios -y una lección sobre el manejo del romanticismo en literatura alejado de clichés-:

CAUSA JUSTA

No importan las consecuencias 
si el pacto indestructible de tu felicidad
entra en juego.
Bastará con que un día descubran
que tuve una causa justa.


Y que continúa explorando el tiempo compartido, la tensión entre lo real y lo deseado, la posibilidad de la pérdida. Con una sutil variación los versos se hacen más introspectivos, y el mundo exterior es apenas una referencia donde sólo existe el ser querido:

BANDA SONORA

Noto que me escucha,
percibo el tacto de la preocupación, 
el leve descenso de su cuello
y el roce teñido del cariño
por el que se relacionan nuestras yemas.

Sólo eso, 
con una taza humeante
y dos sillas de madera como testigos,
es el mejor regalo que he recibido,
no lo dudes,
en los último 28 cumpleaños infelices
cantados en el silencio
de un piso de alquiler
compartido con el ruido inalterable de la realidad. 


Llegamos a la parte tercera, y recordamos aquello de que el dolor es parte de la felicidad. Fiel a su escritura intimista, pero con una pequeña modulación de nuevo, los poemas se hacen más tensos al manejar "demasiado daño para compartir". Es grande el mérito de no ceder a la tentación de lo evidente, de no cargar los versos de rencor o autocompasión cuando el amor desaparece. González Tejel repasa lo vivido con lucidez, incluso en un poema como "Página 85", donde se rememoran las grietas que iban apareciendo. El orden de los poemas ha sido bien escogido, y contribuye a que acompañemos a la voz poética desde la asunción de las expectativas rotas a la definitiva oscuridad de quien se queda solo, aun "sin derecho a la soledad" -cómo sentirla cuando hay recuerdo y hay escritura para encarnarlo-, de nuevo un  momento memorable:

"Al fondo del túnel,
me cito con tu sombra.
El caudal de deseo desemboca
en el calor de tu cuerpo.
Desde la frente hasta los pies
lo recorro, lo palpo, lo anhelo,
ardo en el impulso incontenible
de consumirme en cada escalofrío.

Con el corazón agotado,
saciado de placer
y devorado por la ternura,
me reconcilio con la calma.

Aquí, entre las estrellas,
que alumbran tu sonrisa,
he encontrado el refugio
en el que archivar el dolor,
despreciar a la muerte
y escribir la vida del antipoeta
sin derecho a la soledad"


Y la vida sigue. El libro concluye con una sección cuarta que cambia el registro, aunque no el tono o el estilo, coherentes en esa diversidad a la que he hecho referencia. Compuesta por cinco fragmentos de prosa, el poeta se convierte ahora en observador, se abre al mundo y se encuentra con otros a los que describe, en primer lugar, para después indagarlos. Son pequeños momentos urbanos, repletos de gestos y objetos comunes a los que la propia escritura eleva con la fuerza de una lírica muy personal, en la que la frase acerada de corte realista culmina de manera sorprendente en un giro abstracto. 


Al final, el poeta toma el camino correcto de los dos que se cruzaban, se propone "que perdamos la orientación al observar por la ventana, rompamos brújulas y mapas, que seamos fuertes y miremos de frente, a la cara, sin miedo". Y nada podrá con él y con todos los que son como él, "pura química del desorden, punto de equilibrio en medio del naufragio descontrolado". En eso consiste la madurez. Y el autor ha sabido contar ese tránsito por medio del arte, en un libro editado a la altura de su alto contenido, con hermosas ilustraciones a cargo de Patricia Dubreil. 


Qué pasará después, que nos ofrecerá el futuro -si es que existe... harto improbable de acuerdo con los periódicos de estos días-. Habrá que estar atentos no tanto a la realidad cuanto a la lectura que de la misma nos ofrecen escritores como Rafael González Tejel. 

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