miércoles, 10 de octubre de 2012

“In the Pleasure Groove: Love, Death and Duran Duran”, de John Taylor. Un ajuste de cuentas con el espejo.

Segundo libro de un Duran en los últimos años, precedido por el “Wild Boy” de Andy Taylor y al que resulta inevitable tomar como referencia y contraste de éste. El propósito de uno y otro aparecen, sin embargo, muy diferenciados: Andy escribía desde un moderado resentimiento, y además de relatarnos los años salvajes de juventud, cuando unos críos se convirtieron en estrellas mundiales en plena eclosión del pop, los megaconciertos, los videoclips, etc., aprovechaba la oportunidad para soltar unas cuantas pullas y reivindicarse como el único “auténtico” del grupo, el guitarrista de actitud rocker y criterio musical insobornable. Al “Taylor malo” no había quien se lo creyese, pero resultaba entretenido en su revisión nostálgica de una época que añoramos por lo que tenía de espontaneidad, frescura y locura.  Ahora todo está tasado y medido por maquiavélicas campañas comerciales, más aún en un tiempo en que la industria musical se está transformando a golpes y a regañadientes.



El libro del “Taylor bueno” tiene un tono y unos objetivos completamente distintos: da cuenta también de los primeros ochenta, en que el mundo se puso a sus pies, y relata con voz amable los diversos avatares por los que pasó la banda, sus éxitos y fracasos, rupturas y reuniones. Pero el centro de la historia lo ocupa la confesión de un hombre ya maduro y sereno que vivió buena parte de su juventud sometido por la drogadicción. Al leer sobre ello y apreciar las palabras calmas del narrador comprendemos que el mayor éxito de su carrera ha sido precisamente el de la rehabilitación, y nos parece admirable que, al contrario que en el otro libro al que nos hemos referido, no haya lugar alguno para el rencor o el reparto de culpas. Tampoco echa mano Taylor de un excesivo dramatismo, al menos en la prosa, pero basta que contemplemos una de las imágenes que acompañan al texto para que lo comprendamos todo, incluso lo que no dice: aquélla en que el bajista de uno de los grupos de más éxito de la historia del pop, y sin duda de su tiempo, aparece tumbado en un sofá recibiendo las atenciones de una enfermera y conectado a una máquina de oxígeno. Incluirla, suponemos, ejercerá sobre él un efecto terapéutico, indicativo del lugar adonde nunca debe volver. Porque en las páginas finales nos reconoce que las adicciones siguen ahí, al acecho, y que combatirlas en una batalla que persistirá por siempre.


No sólo eso encontramos en estas memorias sinceras y discretas. También están sus recuerdos de infancia, sus vínculos afectivos y familiares, la llegada de los hijos y, por encima de todo, una intensa e inacabable historia de amor con la música, manifiesta mediante un lema que se repite en varias descripciones de momentos importantes del grupo: “and the music never sounded better”. Porque uno de los aciertos de Taylor es que logra transmitirnos la ilusión que lo ha llevado en volandas a lo largo de la vida, y más allá de los ups and downs de la misa: el instante mágico de salir al escenario tras los rituales previos, comenzar a tocar el bajo y comprobar que todo encaja y produce la magia de la canción pop. Y es aquí donde detectamos una carencia muy común en esta clase de libros: echamos en falta un mayor detenimiento en los aspectos estrictamente musicales, que cuando de los duranishablamos podrían resumirse en esa tendencia extraña a virar la dirección tras un álbum de gran éxito, a rodearse colaboradores errados, a firmar grandes canciones acompañadas de grandes caídas en un mismo disco… O sus sensaciones, a años vista, acerca de determinados trabajos muy mal entendidos en su tiempo y que han sobrevivido con sorprendente dignidad. Da la impresión de que temiese aburrir a los lectores con esas disquisiciones, y sin embargo pienso que sería algo muy de agradecer invitarnos a pasar a las cocinas de una carrera musical que aún perdura sin reducirse al mero recordatorio.


No obstante el libro se lee con gusto y en apenas unas horas, y nos deja la impresión de haber conocido a un tipo amable, en paz consigo mismo tras haber visitado varios infiernos, agradecido a quienes lo han sabido rescatar y generoso con todos sus compañeros (incluso con el Taylor malo, vaya, hubiésemos deseado un poco más de guerra…).  Confiamos en que tras el impecable “All you need is now” continúen ofreciéndonos buenos discos, y que la música siga sonando mejor que nunca.



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