martes, 2 de octubre de 2012

“La muerte llega a Pemberley”, de P.D. James. Doble maestría.




No conozco lo suficiente la trayectoria novelística de P.D. James, en la medida en que siempre me ha tirado para atrás las etiquetas de géneros literarios, y a ella le ha venido correspondiendo durante mucho tiempo cargar con la de “Gran Dama de la novela negra”. Sin embargo me basta haber leído esta última para afirmar que debería ser reconocida como “Gran Dama de la novela”, a secas.


Con una escritura de envidiable rigor y precisión –y, perdóneseme el prejuicio, podría añadir: “para su edad”… y ya puestos discúlpeseme el tópico: cuántos no firmaríamos cumplir años en sus condiciones, sin duda deben de ser las tazas de te-, la autora imparte una lección sobre la técnica de la novela al tiempo que nos proporciona un delicioso disfrute durante un puñado de horas. El planteamiento resultaba inquietante: continuar la historia de “Orgullo y Prejuicio”, retomar los personajes allí donde los había dejado Austen… para envolverlos en la resolución de un crimen.


El reto se salda con balance favorable para la escritora y sus lectores. El primer tercio de la novela es el más sorprendente: por unos momentos James parece ceder a la tentación de liberarse de su propio mundo y estilo y, simplemente, completar una novela austeniana. Lo cierto es que van pasando las páginas y uno tiene la sensación de que, en efecto, el clásico podría haber continuado así.  Nos suena a conocida la prosa intimista, el universo intrincado de sentimientos, tan apasionante como la mejor historia de misterio, el paisaje campestre y las mansiones de brillante apariencia y oscuras profundidades … Si acaso echamos de menos esa ironía subterránea de la Austen, pero es que a fin de cuentas la novela no está planteada como un mero pastiche, y así, entre densas elucubraciones de los personajes, diálogos caballerescos y escenas de vida social, nos va conduciendo hacia el giro dramático que conecta el mundo de ambas autoras. Sin embargo nada se pierde en esa conexión, y el resto del libro discurre en una fusión perfecta entre la narrativa clásica inglesa de la vida privada y la no menos venerable tradición del whodunit, con su universo acotado y su panoplia de sospechosos. La resolución del caso no busca el asombro del lector, sino continuar la sosegada lectura de una excelente pieza literaria, de por sí sobrada de recompensa.


De entre los muchos proyectos contemporáneos de relectura de clásicos, ya sea desde el estricto respeto literario (el Sobre la belleza de Zadie Smith) a la gracieta postmoderna (el vanguardista y vulgar aprovechamiento del talento ajeno cometido por Fernández Mallo con Borges) o la aberración pulp de zombies y otras cosas, “La muerte llega a Pemberley” cuenta con todas las posibilidades de pasar a la historia no sólo como una notable ejercicio de variación sobre un canon narrativo, sino como uno de los títulos mayores de una novelista que, sin adjetivos, revela su solidez en este aparente divertimento. Jane Austen no se sentirá ofendida, esperamos, y si así fuese y buscase venganza en forma de aparición fantasmal, proporcionaría a P.D. James un excelente material para continuar la saga…


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