martes, 16 de octubre de 2012

"Las leyes de la frontera", de Javier Cercas. Mitología quinqui.




A mediados de 2009, la exposición “Quinquis de los ochenta”, comisariada por Amanda Cuesta y Mery Cuesta, y que pasó exitosamente por la Caja Encendida de Madrid, la Alhóndiga de Bilbao o el CCCB de Barcelona, nos recordó la mitología construida por aquellos tiempos en torno a unos personajes tan fascinantes como aterradores. Había no poca frivolidad en ello, pues a fin de cuentas sus andanzas nos hablaban de la trastienda de una sociedad que comenzaba a desperezarse y asumir con abundantes traumas los códigos de la modernidad. Quizá la heroína fuese uno de los más perniciosos e insensatos, y se echa de menos en el acercamiento artístico a la época una mayor incidencia en lo que tuvo la droga de factor desencadenante de los mitos.


La sinceridad o autenticidad, podemos llamarle, de su planteamiento es uno de los mayores aciertos de esta importante novela de Cercas. Comencemos por aclarar que la historia cuenta el acercamiento de un adolescente de clase media al mundo peligroso de El Zarco, un delincuente juvenil líder de una pequeña banda de atracadores de escaso vuelo, así como su relación con una de las seguidoras del líder, Tere, y el rencuentro con ambos muchos años después, cuando sus caminos se habían separado de nuevo. Claro que esta escueta línea argumental se convierte, en manos de un novelista brillante, en toda una indagación sobre la atracción que el mal ejerce sobre nosotros, sobre la violencia como huida, sobre los endebles andamiajes de la fama y, una vez más, sobre la historia reciente de España.


Para ello adopta una perspectiva múltiple, pues son varias las voces que nos informan sobre El Zarco, aunque unificadas y guiadas a través de capas de profundidad por la visión interrogadora de un escritor que supuestamente pretende escribir un libro sobre el personaje. El libro, claro está, es “Las leyes de la frontera”, y las hábiles intervenciones del observador-narrador provocan que los testimonios de unos y otros se vean interrumpidos, cuestionados o reconducidos hacia la constatación de que cada uno de sus relatos tiene más de subjetivo que de verdadero. Y es que el punto de vista del adolescente protagonista, “El Gafitas”, nos presenta inicialmente a El Zarco con el brillo mitológico que mucho tiempo después, cuando la realidad ya no lo permite, le adjudicará la prensa. Pero al principio, para ese chaval de clase media acosado por matones en el colegio, cruzar la frontera y adentrarse en el barrio peligroso de la Gerona de finales de los setenta tenía algo de ensoñación, como cuando en las pesadillas comenzamos a vernos rodeados de criaturas fantásticas e incomprensibles. Así eran los quinquis para él, poderosos, valientes y dotados de una amenazadora imprevisibilidad. El Gafitas se convierte en su colaborador, se enamora de Tere, se ve envuelto en unos cuantos palos y, finalmente, sale vivo de la descomposición de la banda tras la intervención policial. Todo ello, sin embargo, es materia lábil para la memoria de quien nos lo cuenta, y muchos de los episodios no parecen claros, y nunca serán aclarados. Con un buen manejo de la ambigüedad, Cercas deja que sea el lector quien decida en qué medida las cosas eran como parecían, cuándo había amor y cuándo interés, quién presentaba mayor valor o cobardía, en qué medida era cada uno responsable de sus acciones.


La novela tiene dos líneas narrativas que podíamos calificar de intimista o psicológica una de ellas –la relacionada con los recuerdos personales de El Gafitas- y sociológica la otra, aquélla en la que diversos miembros de las fuerzas del orden dialogan con el escritor sobre el mito, más que sobre la persona. El contraste resulta muy interesante: la primera nos muestra a un pobre diablo presa de sus adicciones y sin otro bagaje vital que la violencia ocasional y la más  persistente picaresca; la segunda, en cambio, lo presenta como un rebelde carismático sobre cuyo destino se especula por unos y por otros en discursos a menudo contradictorios. Por otra parte, el lenguaje apenas se modifica en los cambios de punto de vista, pues, como decíamos, es “El Escritor” quien se ocupa de unificar las voces de un modo que pone en cuestión su propia fiabilidad para acabar así de construir una novela abierta.



Al final nadie sabe la verdad acerca de El Zarco, o quizá cada uno de los personajes tiene la suya que, gracias al autor, se multiplica igualmente en la apreciación de los muchos lectores que tendrá este libro. Los que nacieron en las décadas de los sesenta o setenta se sentirán especialmente tocados por él, pues quién no se ha sentido atemorizado por uno de aquellos quinquis flacos pero duros, de pelo denso y cara picada, de sonrisa rota y mano oculta acariciando el pincho dentro de su zamarra vieja o su pantalón acampanado. Y quién no ha querido abandonar el mundo metódico de las obligaciones académicas o laborales para cruzar la frontera hacia el Liang Shang Po -como lo denomina el adolescente de Cercas-, ese barrio más allá de la ley, aunque sometido a otras leyes, que existe en cada ciudad. Y que siempre existirá porque, más allá de los callejones, de las casuchas, los coches tuneados, los tatuajes y las cicatrices, se encuentra en el interior de cada uno de nosotros. 

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