lunes, 22 de octubre de 2012

“Lo que no está escrito”, de Rafael Reig. La palabra que asusta.


Comencemos por revelar el final de la trama de esta reseña: nos encontramos ante una de las mejores novelas que se han publicado en España en los últimos tiempos, no me atrevo quizá a decir cuántos, aunque la sensación que he tenido al leerla se aproxima a aquel “Juegos de la edad tardía”, de Landero, con su vislumbre de clasicismo. “Lo que no está escrito” es una obra rica, profunda, llena de capas y matices, salvajemente entretenida, inquietante hasta no poder dejarla, abierta como toda gran literatura y excepcionalmente escrita. Suena excesivo, ya, pero uno se ha provisto de algunas reglas llamémosle éticas en esto del comentario de libros, y la primera de ellas consiste en no reparar en halagos siempre que la causa lo merezca, aunque ya sé que se lleva más el gesto cansino y la ceja escéptica. Cuando a los lectores nos proporcionan semejante disfrute lo mínimo, por educación, es ser agradecidos. Quede claro.


El planteamiento inicial es muy interesante: un padre divorciado va a recoger a su hijo a casa de su ex para pasar con él un fin de semana de acampada en la montaña. Cuando se van la mujer descubre en casa el manuscrito de una novela que él le había dejado sin previo aviso, pero con la apremiante intención de que la leyese. A medida que ella lo va haciendo localiza en el texto algunas alusiones a su vida en común que podrían esconder un mensaje secreto relacionado con ese fin de semana, y que de ser realidad pondrían a su hijo en situación de peligro. El argumento promete, como vemos, una intriga lo suficientemente atractiva para construir una buena novela de suspense. Pero Reig va mucho más allá. La historia trascurre en tres planos narrativos simultáneos, y es contada a través del punto de vista de cuatro personajes, además de ocasionales y oportunas incursiones de la voz narrativa en tercera persona y de una quinta interviniente por cuyos ojos conocemos el memorable final del libro. Este perspectivismo ha sido manejado con destreza por el autor, de forma que no podemos decir que ninguna de las distintas historias pierda interés, ni el lector aliento, en una sola página, al tiempo que le sirve para confrontar la subjetividad de todos los personajes.


Por un lado está el pequeño viaje de padre e hijo, relatado alternativamente por uno u otro, lo que va dotándolo de incertidumbres argumentales mientras nos permite conocer la distancia que existe entre la percepción de la realidad de ambos. Reig nos habla de la comunicación imposible paterno-filial, de los mutuos rencores y agravios irresueltos, y también del amor que como una especie de capa mineral subterránea sostiene un terreno en apariencia inconsistente.  En pocas ocasiones nos ofrece la novela una exploración tan sincera, es decir, incorrecta, transgresora, de esa relación. Y es que a medida que vamos avanzando en la lectura cualquier certeza que hubiésemos ido consolidando se nos viene abajo en un pasar de páginas. Es algo que caracteriza a todo el libro: la ambigüedad moral entendida no como el típico relativismo empeñado en destruir cualquier rasgo de humanidad en los personajes, sino como un análisis de todo aquello que somos capaces de pensar, en incluso de hacer -aunque finalmente no lo llevemos a cabo-, cuando nos enfrentamos a las decisiones importantes en la vida. Las cuales abundan en ese fin de semana que tiene algo de trayecto existencial hacia el nudo de la relación entre padre e hijo, camino enmarcado por una naturaleza que, a modo de metáfora, va mudando de contexto apacible donde rencontrarse a lugar amenazante del que escapar.


Entretanto discurre el segundo plano de la novela, el de la madre lectora del manuscrito. Y es aquí donde el libro supera los márgenes del thriller psicológico para convertirse en una obra metaliteraria en la que se reflexiona sobre el acto de leer y las implicaciones que conlleva. Claro que no se trata de meras especulaciones teóricas, sino que se encuentran profundamente ancladas al presente que vive el personaje: el grado de veracidad de lo que descubre en el manuscrito –tanto en su tenor literal como en lo que existe más allá de él, a lo que alude el título de la novela (de Reig)- marcará su destino inmediato. Y esas apreciaciones dependen a su vez de la manera en que conciba al autor en su relación tanto con la obra como con la lectora, en este caso. Algo tan abstracto, en principio, se torna sin embargo en una segunda línea narrativa igualmente apasionante, pues vemos cómo la madre y antigua esposa duda, se estremece,  sale huyendo del libro y vuelve a entrar en él, rendida o enrabietada, se enfrenta a lo que cree que éste dice sobre ella, y a lo que ella ve en sí misma. La lectura, en definitiva, la paraliza, la vuelve incapaz de decidir y nos la retrata con esa ambigüedad moral a la que he hecho referencia. Nada es lo que parece en el amor materno-filial, y en el desamor hacia el padre de su hijo.


Y, finalmente, nos encontramos con la tercera novela dentro de la novela: un relato de género negro, sucio, oscuro, que de por sí resulta logrado pero que lo es más en la medida en que se halla sometido a constante interpretación por quien lo lee, y ante nuestros ojos. Es difícil, de ese modo, que nos acerquemos a él como a una mera historia de delincuentes, de tipos miserables que buscan su lugar en la historia y que están condenados al fracaso. Más allá de la subjetividad de la mujer que la lee se halla la nuestra, como si la acompañásemos mirando por encima de su hombro. Incluso en este concreto aspecto obtenemos una enseñanza literaria: ellos, en su violencia y marginalidad, son también nosotros, todos nosotros.


Por si algo le faltaba al libro, Reig nos regala una admirable vuelta de tuerca en el último párrafo que rebate y desmiente el final estrictamente narrativo con el que concluía ya la novela. Se trata de un cierre donde se funden, de forma sorprendente, lo real y lo ficticio, lo policiaco, lo psicológico y lo metaliterario. Lo dicho, memorable.


A todo ello añadimos una prosa compleja, de amplísimos registros, que cuando toca se vuelve lírica, descriptiva, costumbrista, reflexiva o ensayística. Echamos la vista atrás en esta reseña, recordamos las horas de goce que nos ha proporcionado el libro -de esas que no se olvidan, como cuando éramos niños- y uno puede retomar lo dicho al principio: una gran novela, la mejor del año, como poco.

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