jueves, 11 de octubre de 2012

“Muerte en primera clase”, de J. M. Guelbenzu. Literatura en el camarote de tercera.



José María Guelbenzu es uno de nuestros narradores más importantes, autor de una obra insólita en la literatura española por su exigencia, ha firmado alguna de las mejores novelas que se han publicado en este país en los últimos decenios. Pertenece a esa generación de escritores a los que tanto debemos los lectores, pues a menudo –como es el caso- han compaginado su labor creativa con la crítica y el reseñismo en diversos medios, y más aún quienes practicamos el arte de la novela; una generación que apareció a finales de los setenta y principios de los ochenta para abrir las ventanas clausuradas de una narrativa castiza y refitolera con no poco trasfondo político –los guardianes de las esencias hispánicas, Umbral, Cela y demás- y permitirnos respirar unos aires de modernidad a los que ya habían accedido de manera natural en otros países. Si el boom latinoamericano renovó el idioma castellano y nos enseñó la diversidad, aquel grupo de autores nacionales –Ferrero, Marías, Muñoz Molina, Gándara, Vila-Matas, Puértolas, Millás, el propio Guelbenzu-, muchos de ellos a la sombra del gran Benet, introdujo en nuestras letras las técnicas de la narrativa anglosajona y la reflexión metaliteraria. Aquellos autores resultaron pieza clave de la formación de muchos de nosotros no sólo por sus propias obras, sino por sus extraordinarias lecturas de las obras de otros. Gracias a ellos llegamos a James, Faulkner o Conrad y redescubrimos los clásicos de la novela psicológica que representarían una Austen, un Hardy o el inacabable Wilkie Collins.


El tiempo fue pasando y debemos reconocer que en muchos casos ha hecho estragos. Envejecer con dignidad es sin duda uno de los mayores retos del artista, y si repasamos los nombres a que he hecho referencia vemos que apenas Marías, Vila-Matas y Puértolas continúan ofreciéndonos obras notables, más allá de las ocasionales caídas que a todo creador afectan. Ferrero lleva tiempo perdido en su propia inconsistencia, Millás se dedica al periodismo, al humorismo o sabe dios qué –qué triste resulta escucharlo a veces en la radio haciendo todo lo posible por parecer gracioso-, Gándara al proselitismo literario y la ponencia papal en su escuela de escritores, y Muñoz Molina ha ascendido directamente a la categoría de Santón, desde donde imparte lecciones de ética –más que de literatura- pese a las numerosas incoherencias de su biografía. Aun así debemos sentirnos agradecidos a lo que todos ellos supusieron en su tiempo, merece la pena revisitar sus mejores obras y reconocer que todo lo que vino con posterioridad es deudor de esas ventanas abiertas, aunque muchos de los narradores jóvenes más-modernos-que-nadie afirmen proceder directamente de la nada o de las caras B de Bowie. Pero no obstante no podemos dejar de señalar las diferencias entre la recopilación de cuentos que presenta Marías estos días o las últimas novelas de Puértolas y Vila-Matas con las diversas performances en que ocupan su tiempo el resto de aquellos autores inolvidables. Estos tres son la prueba de que la supervivencia del arte es posible a pesar del paso del tiempo; y de que el ser humano es hijo de sus decisiones: curiosamente las de los que se han torcido son predominantemente comerciales, está claro que seguir escribiendo lo que te apetece es más arriesgado, ingrato y poco lucrativo que dedicarte a la masterclass o la cháchara sectaria y buenista.


Volviendo a Guelbenzu, el suyo es uno de los casos más paradigmáticos de lo que ha venido ocurriendo. Después de una notable carrera literaria que ha colocado títulos como “El esperado”, “El río de la luna” o “El sentimiento” en el canon de la novela contemporánea española, en 2001 decide iniciar una trayectoria narrativa que en principio no tendría por qué haber sido “paralela” a la habitual: como buen cultor de la narrativa anglosajona del XIX y principios del XX no era extraño que se interesase por el género policiaco, de suspense intelectual o como queramos llamarlo. Se trata de ese modelo literario que incluye un paisaje cerrado, un crimen, una serie de sospechosos y una mente sagaz dispuesta a descubrir al asesino, frecuentemente acompañada por una figura adyacente que le permite practicar el soliloquio y darle vueltas a la verdad a través de un juego de preguntas y respuestas. Nació así la jueza Mariana de Marco, propuesta interesante en principio porque se apartaba de los habituales “inspectores” derrotados por la vida, y en la medida sobre todo en que debía acomodar su actuación a las reglas del derecho de una forma verosímil, a la manera en que el arte lo es. Comenzó la serie con un libro prometedor “No acosen al asesino” que tras su desafortunado título escondía una interesante mezcla entre el José María Guelbenzu novelista que ya conocíamos y el J. M. Guelbenzu que se nos presentaba: el escritor de lenguaje cuidado, profundidad psicológica, morosidad razonada e inteligente encadenamiento de escenas en combinación con el aficionado a la resolución de misterios. En realidad misterio había poco en aquel primer título, puesto que desde el principio aparecía claro el asesino, y la narración avanzaba en torno a la manera en que el resto de personajes debían descubrirlo y comprenderlo. El lector se veía ampliamente recompensado y atraído por una protagonista cuya tenacidad y capacidad de dudar la hacían tan cercana como creíble. La continuidad de la saga auguraba un panorama alentador en la novela española, y establecía coherencia y continuidad en la carrera del autor, que al igual que en los ochenta parecía introducir modos y maneras clásicas, y sin duda mucho más brillantes, en la rijosa tradición tremendista del género negro que se practicaba en España. Contribuyó a ello el hecho, muy imitado con posterioridad, de que las historias de la juez de Marco fuesen acogidas en un sello editorial de prestigio literario, y no en una colección específica que ya anunciase con tonos oscuros y pistolas en la portada el submundo en el que podían adentrarse los lectores.


Nos gustaría entender qué ocurrió con posterioridad, por qué a medida que se han ido sucediendo los títulos la calidad se ha ido degradando hasta unos extremos que en los dos últimos rayan lo ridículo. Y si precisamente empleamos palabras tan gruesas es por lo que apreciamos al autor. Esa receta perfecta en la que ninguno de los dos Guelbenzus se veía traicionado fue dando paso a una levedad y un manejo de tópicos más propios de las novelas de quiosco. Las aventuras de Mariana de Marco han ido apareciendo a un ritmo cada vez más acelerado y reducidas apenas a una vaga intriga que nos oculta al culpable con mecanismos burdos y rodea a la protagonista de personajes una y otra vez repetidos, entre ellos quizá el que más el arquetipo del galán seductor de mediana edad, canalla con encanto y normalmente relacionado de alguna oscura manera con los hechos que se investigan. Ella, una vez dibujados sus perfiles en las primeras novelas, se limita a repetir tics y clichés, y las amigas con las que discursea en torno al asesinato de turno ejercen únicamente de muro contra el que golpear pensamientos como pelotas de tenis. 


Claro que en el título que precedió a éste, "El hermano pequeño" las cosas iban un poquito más lejos en el camino de la degradación. El autor parecía descubrir el erotismo y convertía a la juez en una mujer fatal sometida a manipulaciones sexuales de una inverosimilitud patética. Había en particular una escena, a la que me referí en su momento, que literalmente te expulsaba de la novela. Pues bien, podemos decir que "Muerte en primera clase" pulveriza todos los récords y no puede leerse sin una fuerte sensación de vergüenza ajena. 


La novela no empieza mal: sitúa "el caso" en el transcurso de un crucero por Egipto, y en el arranque no sólo nos presenta a la víctima y los sospechosos con cierta elegancia, sino que introduce unos diálogos interesantes entre Mariana y su amiga de turno que sirven para que, por vía del personaje, el propio autor reflexione sobre la pesada atracción de la juez hacia el mismo tipo de hombre, o por decirlo de otro modo, por la insistencia de Guelbenzu en repetir jugada novela tras novela. ¿Cambiarían las cosas en esta? Vaya si lo han hecho, pero en la justa dirección equivocada. Ante los ojos un tanto atónitos del lector se desarrollan unas peripecias que recuerdan a aquel cine softcore de finales de los setenta en los que el erotismo estaba "a flor de piel" o se "respiraba en el ambiente". Ambas mujeres no parecen tener otra obsesión que la búsqueda del macho, se sienten miradas y miran constantemente, y conversan sobre todo ello ora en camisón sexy, ora con la toalla de la ducha -todo minuciosamente descrito-, hasta que en un momento dado se hace evidente que va a acabar habiendo "rollo bollo". Cuando Philip Roth publicó su novela "La humillación" provocó no poco revuelo y mucha rechifla: en ella un señor mayor muy bien dotado convertía en hetero a una lesbiana a golpe de polvo. Hubo quien quiso ver en semejante dislate un síntoma del impudor que afecta a ciertos escritores pagados de sí mismos: no dudan en relatar sus propias fantasías en la novela, en construir alter egos con los que vengarse de la vida, que implacablemente les sigue restando facultades con el paso del tiempo. De ahí ese extraño fenómeno que lleva a provectos autores de no menos de setenta años a decidirse a explorar literariamente el sexo femenino cuando antes no había sido objeto de su atención -antes tocaba ser muy cerebral e intelectual, vaya-, pero hacerlo siempre, cómo no, infectados por los prejuicios de género habituales, por la contemplación de la mujer como mero objeto (de deseo, pero mero objeto) y la reducción de todas sus capacidades a la genitalidad. 


Queremos pensar que no ocurre así en el caso de Guelbenzu, y que todo se trata de salpimentar comercialmente las novelas para asegurarse una mayor venta. Entre los lectores, habituales o no, de la saga de Mariana de Marco no dejará de circular la especie de que en este libro "hay chicha", aún más que en el anterior, y quienes a su vez hayan construido una imagen icónica del personaje podrán disfrutar de sus nuevas aventuras, en lo que podríamos titular como "Emmanuelle jurista". Porque el sexo es tratado aquí sin la espontaneidad, verdad y desinhibición con que podemos encontrarlo sobradamente en la literatura y el cine contemporáneos. Bien al contrario, de añadirle un poco de sentido del humor y una banda sonora "calentita" (Je t'aime... moi non plus podría servir) determinadas escenas encajarían a la perfección en las películas del landismo.


Por ahí detrás, en la narración, hay un crimen, sí, y una investigación en la que la perspicacia y arrojo de la juez se ven sustituidas, como ocurría en la novela anterior, por una hábil utilización de las "armas de mujer"... Y al final, claro, el culpable, culpables en este caso, sorprenden moderadamente y no consiguen endulzar el amargor que nos ha producido tal disparate narrativo. 


¿Qué vendrá después? Si nos atenemos a las rutas comerciales, que parece ser lo único que importa, cabe seguir el rastro de esa espantosa trilogía de pseudoerotismo que tanto triunfa por estas fechas... Así que auguramos que la juez de Marco se encontrará, en su próxima instrucción, con algún caballero misterioso que, aunque implicado en el asesinato, la enseñará los más recónditos placeres de su cuerpo con una panoplia de fustas, dildos, esposas y demás artillería. 


O, mejor aún, sugerimos una intervención interesante para la buena de Mariana: que detenga a J. M. Guelbenzu, lo interrogue hasta que confiese, y que averigüe entonces dónde tiene retenido a José María Guelbenzu, para que pueda liberarlo y hacer que vuelva. Que vuelva al camarote de primera de la literatura, ya sea con novelas policiacas o experimentales, pero que vuelva, por favor...


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