viernes, 26 de octubre de 2012

Un español renuncia a dinero público (Javier Marías no acepta al Premio Nacional de Narrativa). Reflexiones sobre el individualismo y la grupalidad.


Poco importan sus razones, aunque no sorprenden a quienes lo seguimos desde hace tiempo. Sabemos que siempre ha ido a la suya, que siempre ha sido fiel a sus propios criterios, acertados o equivocados. El suyo es un liberalismo moderno, abierto, similar aunque sin el componente economicista del de Vargas Llosa. Descree del excesivo intervencionismo del Estado en la vida privada, al tiempo que valora la trayectoria individual, independiente, de quienes se abren paso en la vida a golpe de talento, suerte y esfuerzo –como es su caso-; lo que no es incompatible con una sensibilidad y honestidad suficientes para reconocer que las condiciones de partida no son iguales para todos, y que ahí sí que hace falta una mano no invisible, sino compensadora. Así que no nos extraña que rechace un premio gubernamental, y sabemos que lo habría hecho igualmente hace años, PSOE mediante.


Es cierto que el éxito tanto nacional como –sobre todo- internacional de sus novelas le permitirá vivir desahogadamente, pero ello nunca ha sido óbice para que muchos otros en sus circunstancias acaparen cuanto sea posible, y si se trata de fondos públicos y remuneración por encima de mercado, mejor que mejor. Más interesante aún que rechazo del premio me parece esa postura de no aceptar bolos a cargo de las administraciones. Ambas decisiones, unidas, tienen la fuerza estética de una flor arrogante que creciese en mitad de un lodazal. A pesar de la crisis seguimos viendo cómo auténticos best-sellers que están teniendo mucho más éxito incluso que el propio Marías –éxito comercial, en el artístico no le llegan a los talones- no dejan de aprovechar cualquier charleta en provincias a cargo de ayuntamientos, diputaciones y “obras sociales” de las cajas -ahora bancos o sabe dios qué-, así como cursos, talleres y premios varios.


Previsibles y divertidas han sido las reacciones frente a su postura. Estaba claro que iba a provocar irritaciones de todo tipo, que algunos lo iban a asociar equivocadamente a una cuestión política, o mejor, partidista –lo habría aceptado con otro gobierno, y demás-, pero también abundan imprecaciones de creadores paniaguados que se sienten ofendidos por lo feos que salen en la prueba de contraste. Son los efectos característicos de la postura radicalmente independiente de Marías, que pone en cuestión el adecenamiento microgrupal en que se ha ido estructurando nuestra sociedad. No hay en esta grandes opiniones unánimes –afortunadamente- pero sí infinidad de pequeños centros de acuerdo violentamente impositivos, que sólo aceptan al otro como público, que no interlocutor.


Mi modesta experiencia personal en este sentido no puede hacerme pensar de otro modo. Me interesan los derechos de los animales, pero resulta frustrante el contacto con muchos sus presuntos defensores, poseedores de verdades y dictaminadores de comportamientos a menudo irreflexivos que acaban provocando perjuicios a los propios animales (y ay de ti como se te ocurra sugerir algo…); me he acercado alguna vez a otros movimientos sociales, para acabar comprobando que existe un minilobby dirigiéndolos con claro rechazo a cualquier aportación que a su entender pudiera ensombrecerlos; en el ámbito profesional para qué comentarlo, en realidad, si cuando hablamos de dinero, sobre todo de dinero público, en seguida nos tropezamos con el grupito de mediocres que rodean la mesa de canapés anudados por los brazos para que nadie se acerque. Así se ha estructurado la sociedad, no disgregada en individualismos tatcherianos, sino en algo mucho peor: microgrupos donde el individuo queda completamente anulado, lo que lo acaba incapacitando para la construcción social, pues sólo le interesa ya la de su pequeño círculo.


De este modo no debe extrañarnos que no exista atisbo alguno de cambio social en mitad de esta tormenta más existencial que político-económica que vivimos. Recientemente reflexionábamos sobre ello a propósito de unas jornadas de carácter jurídico en las que se debatían cuestiones relacionadas con las últimas reformas legales de indudable interés. Cada una de las ponencias tenía tras de sí una notable trabajo intelectual, estaba bien expuesta y llegaba a conclusiones relevantes, más allá de nuestro acuerdo y desacuerdo con ellas. Sin embargo el público asistente era el habitual, y todo respondía a una especie de ceremonial endogámico mil veces ya visto. Así ocurre con muchas iniciativas: lejos de tratar de llegar a la gente, de informar o proponer ideas que remuevan el pensamiento, se limitan a deglutir la archisabida papilla en la reunión-picnic con que periódicamente se justifican determinadas partidas presupuestarias de asociaciones y organismos varios. No hay interés por propagar el fuego, sino por mantener vivo el que los calienta en su cubículo.


Volviendo a la renuncia de Marías, apreciamos en las reacciones que ha merecido esa inseguridad, ese nerviosismo agresivo propios de los que, felices en la penumbra de sus mangoneos, se ven iluminados por el antorchazo ético de un individuo. Especialmente patética me ha resultado la de un escritor de esos que arrastran un vago prestigio literario-político de la post-transición, y que lleva toda la vida de organismo público en organismo público y tiro porque me toca, un amigo de sus amigos, vaya, el cual opinaba que no eran convincentes las explicaciones de Marías, y que otros muchos nombres habían aceptado el premio y eran “grandes escritores”. Como si la decisión del novelista requiriese en realidad de una explicación pública sometida a enjuiciamiento, y como si de por sí tuviese alguna relación con su calidad literaria –de hecho Los enamoramientos no es precisamente su mejor obra-.


Criterio moral, muestra de libertad, pose bernhardiana…, cualesquiera razones pertenecen al ámbito personal de Javier Marías e importan más bien poco. Lo que debería sacudirnos, conmovernos, provocar el descorche de toda clase de botellas, es que un español ha renunciado a dinero público. Hecho que de por sí tiene la fuerza de una performanceartística memorable en la sociedad en que vivimos. 

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