viernes, 26 de octubre de 2012

“Un grupo de nobles damas”, de Thomas Hardy. Contar el futuro.


Si aplicamos la siempre útil jerga del pop a este libro podemos decir que se trata de un “greatest hits” de la narrativa clásica anglosajona. Los miembros del Club de Naturaleza y Arqueología de Wessex se reúnen en un museo municipal por causa del mal tiempo. Qué mejores circunstancias pueden imaginarse para una implosión narrativa: el clima desapacible en el exterior, la calidez perfecta dentro, el perfume amable de las pipas, el abrigo de los licores y horas por delante para aburrirse. Surge entonces –Hardy no se molesta en relatarnos cómo- la idea de contar unas cuantas historias para mejor pasar el rato. Y el fruto de ello es una extraordinaria colección de relatos que ejemplifica lo mejor de la literatura decimonónica a uno y otro lado del atlántico. Que estamos ante un autor imprescindible ya lo sabíamos desde siempre, pero que podía sorprendernos con este juego estructural consistente en el mero añadido de un par de páginas finales –los relatos aparecieron publicados de forma independiente en diversas revistas- es algo que quizá no esperábamos tras leer sus novelas mayores.


Y es que el libro funciona con esa autonomía artificiosa que va más allá de la reunión de un puñado de cuentos, y no es difícil que nos imaginemos en la sala del museo participando del ritual de la palabra. Hardy opta por evitar la imitación de la oralidad, en coherencia con unos tiempos donde se huía de lo evidente y se buscaban experimentos más sutiles con el lenguaje, cuando el arte de la narración aún iba dando pasos hacia su progresivo refinamiento. Así que no podemos esperar la recreación de un diálogo con los oyentes, sino que debemos asumir la regla no expresada de jamás interrumpir al orador, y limitarnos a buscar buen acomodo en el sofá y disfrutar de las historias. Las hay de muy diversos tipos en el libro, y nos enganchan con los habituales giros dramáticos y conflictos personales que han hecho grandes a nombres como Austen, las Brönte, Dickens, James o Collins. Cada una de ellas, en realidad, podría crecer hasta convertirse en novela, tanto a cargo del propio Hardy como de cualquiera de esos autores y autoras que he citado. Cuando uno reincide en el apasionamiento con esta clase de literatura no deja de tener en cuenta los prejuicios que continúa mereciendo: para los lectores más perezosos nos encontramos ante narraciones “sentimentales”, de casamientos, amoríos y esas cosas. Dejando de lado el desconocimiento que tales afirmaciones demuestran sobre los mecanismos y logros de la literatura intimista, tal vez su mayor inconsistencia consista en la incapacidad de apreciar el verdadero valor de los temas de fondo que trata.


Los relatos aquí reunidos –pero también las novelas de Hardy, James y demás- disparan sus flechas hacia el meollo inasible de la lucha por la vida, y quizá por eso lo atraviesan sin dar en ninguna diana, porque no existe tal cosa. El por qué somos lo que somos, nos comportamos de tal o cual manera y en una misma decisión somos capaces de lo más ruin y lo más noble es algo sobre lo que podemos debatir, pero no pontificar. Los grandes escritores psicológicos del diecinueve, como Thomas Hardy, nos sitúan frente tesituras incómodas nacidas de cuestiones tan innombrables en la narrativa actual como el dinero. No nos equivoquemos: cuando relatan la batalla entre razón y corazón en el contexto de una propuesta matrimonial nos están hablando de la única posibilidad que para uno de los implicados, y a menudo para ambos, le ofrece la vida para salir adelante. Se trata, en realidad, del trabajo, la hipoteca, la familia, la presión a que nos somete todo ello y la valentía que nos exige para superarlo. Si leemos superficialmente las historias de este libro sacaremos de él poco más que entretenimiento. Si vamos más allá habremos tenido una experiencia de vida.


Pero hay otro aspecto en el que este volumen merece ser destacado, y es el hecho de que los personajes protagonistas de los relatos sean mujeres en todos los casos, ese “grupo de nobles damas” a que alude el título con no poca ironía. Hace un tiempo Alba Editorial publicó una colección de cuentos de varios autores (“Cuando se abrió la puerta. Cuentos de la nueva mujer (1882-1914)”, reseñado en su día en el blog) donde se daba cuenta del modo en que la literatura de la época iba recogiendo los incipientes cambios sociales en torno al papel de la mujer en la sociedad. Este volumen de Thomas Hardy es igualmente representativo de ello, pero de una forma incluso más directa y aguerrida. Las “heroínas” de esa noche de historias orales descolocan al lector por lo incorrecto de su comportamiento: capaces de la crueldad, el egoísmo, la escaramuza cruenta de pareja… Basta retroceder unos decenios para darnos cuenta del salto ético y narrativo que supuso la centralidad de la mujer en las tramas novelescas. Ya no son meros objetos bonitos a los que acceder tras no pocas tribulaciones, como al final de un laberinto. Se han bajado del pedestal de la mera belleza para presentarse inequívocamente humanas, lo que pone en cuestión cuanta mitología las había rodeado hasta entonces: el amor romántico, el instinto maternal, su inhabilidad para los asuntos prácticos de la subsistencia… Resultan así más verdaderas, intensas, atrayentes. Sin embargo no debemos olvidar que todo lo que hacen responde a un porqué: el relacionado con la posición de aberrante subordinación de la que parten. Utilizan sus estrategias para salir adelante porque no les queda otra, a fin de cuentas. Pero los autores de finales del diecinueve se atreven a dotarlas de una personalidad idéntica a la masculina, en cuanto a sus luces y sombras. Las leves, subrepticias manipulaciones de los personajes de Jane Austen dan paso ahora a mecanismos mucho más belicosos, expresiones de una desgarradora lucha por la dignidad que aún continúa. Llegamos así a la conclusión de que autores como Thomas Hardy nos relataban el presente de la sociedad en que vivían, con habituales miradas al pasado –en este libro el propio autor nos habla de su intención de recorrer genealogías-, pero que quizá no eran del todo conscientes de que, ciertamente, estaban anticipando el futuro.

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