martes, 13 de noviembre de 2012

"Mi amor en vano", de Soledad Puértolas. La reinvención a través de la mirada.


Soledad Puértolas es una de nuestras novelistas más destacadas, poseedora de una voz personal que con el progresivo acomodamiento de muchos autores a los géneros de moda, según las épocas (histórico-políticos, de intriga, o de esa clase de realidad ficcionada que sigue la estela de Sebald), adquiere mayor valor a medida que pasa el tiempo y se mantiene fiel a su estilo y visión del mundo. Lejos ya de los fulgores de los grandes premios comerciales, ha encontrado cobijo en uno de los mejores rincones literarios del panorama editorial español: Anagrama, un cuarto propio donde puede ir trabajando sin prisa sus excelentes colecciones de relatos y novelas tan cuidadas como la presente.


“Mi amor en vano” no sorprenderá a los lectores habituales de Puértolas, aunque desde luego que no los defraudará, a la vez que puede hacerle ganar otros nuevos. Si acaso apreciamos una ligera variación técnica que se adecúa perfectamente al argumento de la novela. En otras ocasiones la autora elaboraba la narración en torno al pensamiento, la historia como sucesión de percepciones, a la manera de los grandes maestros de la literatura intimista –en su mayoría mujeres-, y ahora, sin dejar de hacerlo, ensaya una prosa más descriptiva al ritmo en que el narrador y protagonista se enfrenta a su regreso al mundo tras un grave accidente.


Claro que ese mundo ya no es el mismo de antes, pues se ha construido otro donde renacer en libertad. Pero ese territorio nuevo, concretado en un Centro de Rehabilitación, no es, a pesar de su aparente quietud, un universo inmóvil y previsible. Entregado al análisis y la contemplación, el protagonista irá descubriendo una serie de personajes que a la vez que agudizan su atención -y de alguna manera le permiten recobrar el interés por vivir-, también lo enfrentan a sus propios sentimientos, sus miedos y carencias, sus deseos de empezar de cero frente a una realidad que no por hallarse herido se muestra más piadosa con él. Recobrará la simpatía, el afecto y, en una trayectoria que recuerda el proceso de maduración humana, el amor y deseo junto con sus efectos secundarios, los celos. Al final Esteban vuelve a ser él, quizá sin alejarse tanto de sí mismo como había previsto, pero tampoco exactamente igual que antes. La autora nos permite asistir a su evolución con un lenguaje sutil, de tono monologal, en el que a veces se entremezcla la voz de los otros, esos acompañantes involuntarios del mismo Centro que arrastran sus correspondientes historias.


Los lectores de Puértolas saben ya que no deben esperar grandes giros o artificios en la trama, que todo se reduce a mínimos gestos, palabras entredichas o paisajes del alma. Pero todo ello es una manera de confeccionar otro tipo de intriga, la que encierra la vida de cualquiera de los que nos rodean. La novela nos enseña a mirar a los demás para conocernos mejor a nosotros mismos. Y pese a su aparente concreción en un puñado de personajes no es difícil interpretarla como una reflexión acerca de lo que nos toca hacer en estos tiempos complicados que vivimos: reinventarnos sin violentar nuestra propia esencia, aprender de los otros, observarlos y reconocerlos como iguales, creer aún, y a pesar de todo, en la fuerza de los buenos sentimientos; incluido el amor, aunque sea en vano.


En conclusión, una piedra más, y seguramente de las mejores, en la catedral narrativa que va construyendo con libertad y rigor nuestra novelista más secreta, una especie de Anita Brookner a la española a la que el tiempo acabará haciendo mayor justicia. Entrar en esta su última entrega es en cierto modo como vivir la misma experiencia del protagonista: sumergirnos en un mundo aislado, pero lleno de verdad, que exige lo mejor de nuestra inteligencia; y salir de él, finalmente, siendo más sensibles y más sabios.  


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