martes, 6 de noviembre de 2012

"La chica del vestido de topos", de Beryl Bainbridge. Amor y odio en busca de la nada.


Quizá a estas alturas resulte reiterativo decir que los grandes libros permanecen siempre abiertos, que admiten e incluso exigen relecturas, que se adaptan, como arcilla en nuestras manos, a lo que vemos en ellos desde un determinado lugar en el mundo, único para cada lector.

“La chica del vestido de topos” pertenece a esa categoría de novelas, y en tiempos donde proliferan las publicaciones de autores del siglo veinte o principios del veintiuno con el marchamo de “nuevos clásicos” –cuando en realidad se trata de narradores correctos que presentan la indudable ventaja para las editoriales de sus derechos de autor caducados-, es de agradecer que un sello apueste por ofrecer a los lectores en lengua española un libro como éste, que sin alardes ni pretensiones transparentes alcanza grandes cotas literarias.

La novela puede entenderse como una road-movie cuyas imágenes debemos incorporar a un texto sugerente que así lo permite, pero también cabe ver en ella un relato kafkiano o una historia realista de trasfondo político y expresión simbólica. El primero de estos significados se hace evidente en el transcurso de escenas y episodios: las interminables carreteras americanas, los silencios en la conducción, los diálogos secos, la tensión entre los protagonistas, una retahíla de paradas, comidas y descansos que sirven también para que la autora, con buena mano, nos acerque a la psicología torturada de ambos protagonistas, sus recuerdos y dolores asociados, sus atisbos de planes y la aparente distancia entre una y otro, que a medida que avanza el libro nos hace pensar que quizá no sea tanta. El tono kafkiano lo apreciamos en ese divagar en busca de una meta existencial a la que, en realidad, nunca se llega; en el encuentro constante con lugares y personajes que parecen esconder un enigma, y que no es otro que el propio de cualquier vida; en el humor apenas subrayado, como una música de acompañamiento; y, finalmente, en una de esas casualidades de la historia literaria que tal vez no lo sea: el hecho de que se trate de una novela inacabada. Pero aludíamos también a la clave realista de la narración, y su significación político-simbólica: en un país confundido por los cambios, la violencia, las revoluciones sociales y sus resistencias, dos personajes que encarnan -a su manera- la ancestral ingenuidad americana y su contrario, el oscuro resentimiento que alimenta una agresividad latente, se dirigen hacia un mismo objetivo movidos por fuerzas tan típicamente antagónicas como el amor y el odio; expresión sin duda de las diversas corrientes sociales que en a finales de los sesenta confluían, no sin dificultades, en la construcción de una historia que cada vez menos se encontraba en sus manos o a su alcance. En este sentido no es descabellado ver en el gurú doctor Wheeler una anticipación sutil de las arcanas fuerzas que dirigen nuestro mundo más allá de las figuras presidenciales que les ponen rostro.

Y así, cargada de sentido, la prosa accesible pero muy efectiva de Bainbridge nos va desgranando una historia llena de capas, entretenida y tensa, que requerirá seguramente de una segunda lectura en el futuro, uno de esos títulos a los que necesitaremos volver de cuando en cuando, y al que no deslegitima su azaroso final. Nos hemos referido a Kafka, salvando las distancias que haya que salvar, y en este caso podemos decir lo mismo que afirmaríamos del clásico: nadie echará de menos una manera “narrativa” o “novelesca” de concluir el libro, de hecho algo así desmerecería sus múltiples significados. Pero también debemos aplaudir la forma en que se pone fin al volumen: el recorte de Los Angeles Times de 1968 en el que se relata cómo, en el día del asesinato de Robert Kennedy, testigos afirmaban haber visto decir a una chica con vestido de topos: “lo hemos matado”. ¿Era Rose?, ¿ayudaría, si así fuese, a que todo encajase de alguna manera?, ¿importa realmente? Por fortuna, la novela deja todas esas respuestas a la libre apreciación de los lectores.


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