jueves, 22 de noviembre de 2012

"Normas de cortesía", de Amor Towles. Reglas de supervivencia.


En The art teacher, canción de Rufus Wainwright-seguramente una de las mejores de la historia de la música popular-, el intérprete, apoyándose únicamente en una secuencia de notas de piano con leves variaciones, relata cómo una mujer recuerda un amor de infancia, el único en realidad de toda su vida, o al menos el más auténtico y sincero. Lo hace frente a la contemplación de un cuadro de Turner, pintor favorito de aquel profesor de Arte que, en una visita al Metropolitan, se convirtió en objeto de su adoración. En el tiempo presente en que discurre la letra de la canción, ella contempla la pintura y contempla su vida acomodada, gracias a un matrimonio exitoso, pero reconoce que sólo hubo un hombre al que amó de veras: el profesor de arte que le habló de Turner por vez primera.



Traigo a colación este tema porque resulta inevitable resaltar las concomitancias entre la pieza de Wainwright y este Normas de cortesía, de Amor Towles. A una canción debemos pedirle la belleza inmediata, y a una novela, sin embargo, otro tipo de emoción estética ganada con lentitud y profundidad. Nos la ofrece este título a lo largo de casi una treintena de cortos capítulos agrupados también en cuatro secciones correspondientes a las estaciones del año. Todo arranca, como en The art teacher, con la contemplación de una fotografía en una exposición, resorte proustiano que proyecta la memoria de la narradora hacia finales de la década de los treinta en Nueva York, período de entreguerras en que la vida recuperaba un agradable pulso de hedonismo. El jazz, los clubes humeantes de tabaco, las posibilidades de exploración íntima en un ambiente de relajación moral, las luces del progreso que se había puesto de nuevo en marcha tras el crack del 29… Pero también los primeros atisbos de la sociedad despiadada que tomaría forma en los cincuenta y sesenta, tras el intervalo de una segunda guerra mundial cuya amenaza aparece asimismo en el horizonte de esta novela.


Normas de cortesía es una novela sobre la supervivencia en la gran ciudad, un asunto que ha terminado por convertirse en poco menos que un género literario, especialmente cuando el contexto en que discurren las historias es el de la mitología urbana por excelencia, Nueva York. Allí vienen a parar las dos protagonistas del libro, a las que se une un tercero para conformar una relación afectiva triangular que sin embargo se aleja de los tópicos habituales de la narrativa intimista. Y es que los sentimientos que se entreveran en la amistad de los personajes son tan reales y reconocibles que nos conmueven de por sí sin necesidad de acudir a escenas y giros argumentales mil veces vistos: hablamos de la compasión, del sentido de la lealtad, del sacrificio. Es decir, Towles no se limita a construir un dilema afectivo –dos chicas enfrentadas por un chico, pertinaz esquema machista de la novela tradicional-, sino que lo incardina en una realidad social, y en los avatares de la vida de los que ninguno nos encontramos libres. La narradora sabe que él es y será su único amor posible, pero su relación con la desafortunada rival, que la derrota por la vía de la piedad a causa de un accidente, no se desarrolla en una dinámica de enfrentamiento, sino de comprensión mutua y sincera amistad. El tercero en discordia, por otra parte, resulta finalmente ser algo más que un encantador y sofisticado galán: esconde también sus tormentos personales y la esclavitud social que le impone el arribismo. Una actitud esta última que no es ajena a la propia narradora, que contempla su historia desde una posición acomodada que invalida, por su parte, un juicio demasiado severo hacia los demás.


Escrita con un lenguaje sencillo pero sugerente, la novela logra introducirnos en el ambiente de la época y engancharnos con las peripecias de los personajes, abundantes en idas y venidas y encuentros fortuitos que expanden la trama en pequeñas ramas secundarias. Nos sitúa además frente a un verdadero problema moral, quizá irresoluble: el que surge cuando los sentimientos aparecen en el camino de las ambiciones, cuando se debe escoger entre la vía fácil, pero en soledad, o la difícil, pero en compañía. Para transitar por esos territorios tan complejos el personaje masculino se apoya en las Normas de Cortesía planteadas en un opúsculo por George Washington –y que se incluyen como apéndice al libro-; reglas de comportamiento público a las que las circunstancias obligan a violentar en privado. Aun así debemos mirar con nostalgia aquellos tiempos en que al menos procuraba seguirse un código: actualmente los que corrompen la vida social se desenvuelven sin el mínimo decoro. 

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