jueves, 1 de noviembre de 2012

"Cuadernos del Himalaya", de Miquel Barceló. Diarios de búsqueda.



Esta clase de libros suelen provocar alguna que otra controversia. Hay quien estima que los artistas, alcanzado cierto estatus, se prodigan en un frenesí comercial en el que tiene cabida cualquier aspecto colateral de su producción. “Cuadernos del Himalaya” podria pertecer a esa categoría, pero a la hora de valorar una publicación como la que comentamos deberíamos partir de cuál sea su propósito. Y no cabe duda de que  estas alturas la salida al mercado editorial de una reproducción facsimilar de los cuadernos de viaje de un pintor como Miquel Barceló no va a añadir demasiados ceros a su cuenta corriente, ni suponer grandes cambios en su estatus profesional.
  

¿Por qué, entonces, tenemos en nuestras manos este trabajo? Porque gracias a él podemos adentrarnos, como expectadores privilegiados, en la “cocina” del artista, en el apunte inmediato que motiva una imagen, en la reflexión a vuelapluma o la improvisacion más libérrima. Si algo caracteriza esta obra es su espontaneidad. Ajeno a cualquier cálculo, Barceló plasma en acuarelas el paisaje del Himalaya, pero no a la manera notarial de un pintor figurativo que plantase su caballete frente a la naturaleza, sino que previamente tamiza lo que está viendo a través de su mundo creativo, y las formas se retuercen, los colores se traicionan, y la previsible calma mística con que contemplamos esa tierra desde occidente muestra una tensión y una violencia subterráneas radiografiadas por la visión del artista. Colores terrosos y oscuros, trazos rápidos y ocasionales figuras reconocibles e inquietantes, semejantes a máscaras teatrales, componen un escenario más interior que exterior, pues no podemos perder de vista que lo que vemos no es el Himalaya, sino el Himalaya de Barceló.  Y así, son de destacar esos autorretratos en los que de forma irónica el artista se representa como el Yeti, esa figura de la mitología popular siempre inaprehensible, y en otras ocasiones como un ser humano en transición a una forma demoníaca. Nunca ha sido ajeno el pintor al juego y el sentido del humor, espacios donde se siente más cómodo que la impostada gravedad de muchos de sus contemporáneos. Pero también econtramos la belleza de las plantas y flores, que le permiten mostrarse más moroso y delicado.


El libro comienza con una suerte de introducción igualmente espontánea en la que se reproducen los apuntes de viaje que fue realizando en una moleskine, y donde lo más llamativo es la continua interpelación al comportamiento de su fantasmagórico acompañante, Ach, que quizá ejerce como antagonista y motivo creativo más que como amigo.


La tercera sección del libro lo componen una serie de fotografías en las que la atención del artista se dirige hacia la plástica de la imagen, con la presencia en primer plano de las texturas de árboles y rocas cicatrizados, que no del paisaje en sí mismo.


El libro nos sugiere que Miquel Barceló se halla a la búsqueda de un nuevo paisaje –tras su “exilio de Africa”- donde reecontrar su arte. Una tierra igualmente voraz, auténtica, salvaje. Pero algo nos dice que quizá éste se trata de un intento fallido, pues hay más de mirada hacia dentro que hacia fuera en sus pinturas. Seguiremos, no obstante, atentos a su evolución, disfrutando entretanto de este volumen primorosamente editado, como siempre, por Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores, que tan buenas aportaciones han venido realizando, desde hace ya muchos años, a la bibliografía española.


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