miércoles, 28 de noviembre de 2012

“El arte de la duda”, de Gianrico Carofiglio. Todos necesitamos un plan.


Conocemos a Gianrico Carofiglio por sus novelas del abogado Guido Guerrieri, títulos en los que asistimos seguramente al crecimiento de un autor en formación. En ellas apunta pero no llega, las encontramos finalmente faltas de nervio narrativo y precisión, mas persistimos en su lectura. A veces el mayor logro que puede obtener un autor es el derecho a la segunda oportunidad.


En “El arte de la duda” se nos presenta otra faceta del autor relacionada con su prestigiosa labor de jurista.  Este libro tuvo una primera edición de carácter más técnico, pero fue tal la acogida entre el público en general, con independencia de su vínculo con la profesión de letrado, que decidió sacar a la luz una segunda versión más depurada de concreciones legales y centrada en el meollo del asunto. El cual consiste, como anuncia el título, en ese particularísimo “arte” de interrogar en el acto del juicio, interrogar para esclarecer la duda, pero dudando al mismo tiempo de los mecanismos que empleamos para alcanzar la verdad procesal. Un cuestionamiento que podemos señalar como el propósito último del ensayo, esto es, que quien se encuentra en la tesitura de formular preguntas en sede judicial reflexione previamente acerca del cómo y el porqué de su actuación.


Carofiglio parte de la aceptación básica de que aquello que se dilucida en el proceso no es la “verdad” absoluta o discutiblemente calificada como “real”, sino aquélla que sea posible alcanzar al tribunal a través de los diferentes elementos de juicio puestos a su disposición, desde los argumentos expuestos por los abogados o el fiscal a los diferentes medios de prueba. Entre estos alcanza un lugar relevante el interrogatorio, al cual los profesionales deben enfrentarse en no pocas ocasiones por voluntad ajena a la suya. Y lo cierto es que no existe práctica probatoria más abierta, peligrosa, intrigante e imprevisible. Es posible que carezca de toda fuerza, al no ser suficiente para contrarrestar lo que ya consta por elementos dotados de mayor fehaciencia, o bien que el juicio entero dependa de su resultado. Y ahí entra la habilidad de los juristas para sacar de ella lo que mejor convenga a sus intereses o, por el contrario, oscurecer o anular aquello que les perjudica.


El autor plantea de una manera detallada y realista los diferentes escenarios que se puede encontrar el litigante. En primer lugar centrándose en los distintos tipos de testigos o peritos a los que razonablemente deberá enfrentarse en algún momento de su carrera: desde los que saben mucho a los que no tienen ni idea de lo que hablan –y cuánto riesgo conllevan-, desde los que emplean conocimientos técnicos a los que declaran por meras referencias, los voluntarios y forzosos, los que en teoría van a ayudarte y los que, desde el primer momento, te aborrecen… Cada uno de ellos presenta sus peculiaridades, pero si algo tienen en común es el ser completamente impredecibles, y encerrar consiguientemente mucho más peligro del que pueda preverse. Todas las prevenciones son pocas, por lo tanto, y resulta fundamental planificar la práctica de esta prueba con el máximo detenimiento.


Y ahí es donde se centra el segundo de los aspectos desarrollados en el libro: Carifiglio expone los diferentes objetivos que deben buscarse en el interrogatorio, y que no siempre pasan por la destrucción de los argumentos del contrario, sino por metas más sutiles como la búsqueda de la contradicción, la minoración del alcance del testimonio, el ataque a la credibilidad misma de quien testifica… La labor de coordinación entre la tipología personal y la finalidad a conseguir exige ante todo sentido común y un cierto talento que seguramente no puede enseñarse en las escuelas de práctica jurídica, ni a través de libros como éste. Sin embargo su publicación resulta pertinente porque, al menos en países como el nuestro, son tantas las carencias de muchos de los ejercientes que no está de más cualquier iniciativa que los haga huir de los automatismos habituales con que se pasean por las salas de justicia.


Aun así no dejará de sorprender al lector que determinadas ideas de este ensayo, cercanas a la obviedad, necesiten de por sí ser transmitidas. Esto nos puede dar la medida de la sorprendente ineptitud con que defienden los intereses ajenos ciertos profesionales. Y es que lo mínimo que debe pedirse a quien dirige un pleito es un cierto sentido de la estrategia. El abogado litigador debe poner cualquier interés personal, su orgullo y sus prejuicios al servicio de la causa por la que debate: en ocasiones habrá de ponerse de perfil, y en otras subir al ring y golpear, lo importante, y quizá esa sea la mayor lección de este libro, es el resultado final, que funciona como un horizonte insoslayable en la actividad profesional.


Por lo demás, al reproducir interrogatorios de actas judiciales reales, la lectura se hace muy amena, lo que explica su éxito, y en numerosas páginas el Carofiglio ensayista y el narrador se confunden con excelente resultado.


Concluye el volumen con una hermosa cita de ese clásico de la literatura jurídica que es Norberto Bobbio: “La teoría de la argumentación rechaza las antítesis excesivamente tajantes: muestra que, entre la verdad absoluta de los dogmáticos y la renuncia a la verdad de los escépticos, hay lugar para las verdades susceptibles de ser sometidas a permanente revisión merced a la técnica consistente en aportar razones a favor y en contra. Sabe que, en cuanto los hombres dejan de creer en las buenas razones, empieza la violencia”.  Pocas definiciones tan acertadas del proceso judicial, ese pequeño teatro en el que cabe toda la humanidad, y donde aprendemos a diario que la razón y la dialéctica son el único modo digno de dirimir nuestras disputas. 

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