martes, 4 de diciembre de 2012

“Superzelda”, de Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta. “Stieg Larsson antes de Millennium”, de Guillaume Lebeau y Frédéric Rébéna… Todo esto para qué.



El diálogo o trasvase de ideas entre las distintas expresiones artísticas ha dado en muchas ocasiones excelentes resultados. Adaptaciones cinematográficas que superaban al original, partituras que traducían una obra literaria al género operístico, manifestaciones plásticas que realizaban una lectura visual de determinados textos… Y viceversa, la literatura ha sabido a su vez beber de las muy diversas fuentes del arte en un contagio mutuo y enriquecedor. Lo que en cualquier caso caracteriza  a los mejores logros nacidos de dicho proceso es que la disciplina que incorpora influencias aledañas mantiene sus rasgos esenciales, esto es, continúa fiel a sí misma en cuanto a lenguaje y ambición, de tal forma que incorpora un valor creativo añadido a todo aquello en lo que se apoya. Entre los lectores habituales de novelas de terror no cabe duda de que “Insólito esplendor” de Stephen King tendría un notable valor, pero lo cierto es que la versión para la gran pantalla realizada por Kubrick, “El resplandor”, atesoraba identidad y mérito suficiente, desde parámetros estrictamente cinematográficos, para considerarla como una excelente película, desligada ya de su origen literario. Y lo era porque resultaba, ante todo, una creación inequívoca de su autor que manejaba con libertad y talento los medios expresivos de su arte.


Sirva esta introducción para contemplar sin prejuicios la edición de cómics y novelas gráficas, si es que realmente podemos distinguir ambos términos –cediendo quizá a lo que no es sino una estrategia comercial-, que se fundamentan en libros u otras fuentes relacionadas con lo literario. Así ocurre en los dos casos que comentamos, y en ambos el resultado es muy discutible.



“Superzelda”, desafortunado título, narra la vida de Zelda Fitzgerald con apoyo en biografías, textos propios de la autora y de su marido el novelista Scott Fiztgerald, además de otros testimonios indirectos procedentes tanto de escritos de los muy diversos autores que conocieron en su época como de testimonios posteriormente publicados. La labor documental es, en este sentido, ciertamente plausible por su exhaustividad, hasta el punto de que aparecen relatados buena parte de los episodios más importantes de su ajetreada existencia, pero también numerosas anécdotas y escenas confesionales. El propósito evidente del libro es informativo, el lector tiene la sensación de asistir a la recreación de unas vidas prácticamente “monitorizadas”, y los autores emplean una técnica contrapuntística interesante, cuando dentro de una misma viñeta se asoman escritores coetáneos a los protagonistas e intercalan opiniones acerca de ellos. La historia que se nos narra es la de una mujer “desenfadada” –categoría acuñada por la propia Zelda-, rebelde y apasionada por la vida, una luchadora en pos de la felicidad propia, alegre y optimista, que encontró quizá a su compañero y antagonista perfecto en Francis Scott Fitzgerald. Viajes, juergas interminables, alcohol, peleas terribles y solemnes reconciliaciones… Es inevitable incurrir en el tópico de la “espiral autodestructiva”, pero así parece que fue. El cómic nos pasea por los momentos deslumbrantes de París, Nueva York, Italia, la Costa Azul… para terminar en oscuros hospitales psiquiátricos y habitaciones solitarias donde la botella y un manuscrito eran la única agarradera. El punto de vista omnisciente hace que tanto ella como él ocupen similares espacios dentro de la obra, y aquí es donde comenzamos a detectar el problema. Después de un buen número de páginas meramente descriptivas del tipo “volvieron a París, alquilaron una casa en…, se pelearon, se separaron, ella comenzó a pintar, él escribió su libro…, se reconciliaron, fueron a Italia…”, uno tiene la sensación de que el propósito biográfico-informativo acaba por matar cualquier atisbo de arte que hubiese en el proyecto. A ello poco ayudan unas ilustraciones meramente funcionales, titubeantes incluso, en las que se hace difícil reconocer los rasgos de los personajes, y finalmente acabamos por preguntarnos, al leer la última página, qué es lo que ha aportado el formato cómic a esta historia. Y la respuesta es, simplemente, mayor inmediatez: en apenas un par de horas accedemos a la vida de Zelda Fitzgerald, la mitad o un tercio de los tardaríamos en leer una biografía. Claro que en este último supuesto sería nuestra imaginación la que recrearía paisajes y personas, en una posición sin duda mucho más activa, por lo que la novela gráfica aparece como una realización menor en la que el peso del guión ha lastrado a los pinceles. Hubiésemos deseado que la pericia y creatividad de un dibujante trasladasen a su lenguaje todo lo que aquella mujer adelantada a su tiempo, impugnadora de tópicos y dueña de sus decisiones –a menudo reprochables- dejó como legado cultural y vital. Sin embargo “Superzelda” se ha limitado a ahorrar a lectores perezosos el cada vez más minoritario placer de la letra impresa.



Pero si ese primer título es al menos loable por su minuciosidad, “Stieg Larsson antes de Millennium” raya lo extravagante. Apenas un puñado de páginas para dejarnos claro que Stieg estaba muy comprometido con las ideas revolucionarias. Y es una lástima porque, al contrario que en el caso anterior, aquí sí que encontramos buena mano en textos y viñetas, que parten de una metáfora animal para alertarnos de los peligros del fascismo. La vida de Larsson seguramente no fue tan resultona ni glamourosa como la de Zelda, pero tampoco podemos aceptar que pueda contarse de manera tan escueta. Hay un desequilibro patente entre el episodio africano que se relata –el novelista como instructor guerrillero, nada menos-, con unos diálogos tensos y dibujos esquemáticos e inquietantes, y los brochazos que emplean los autores para resumir –literalmente- el gran drama de su biografía: la dedicación obsesiva a la escritura de “Millennium” y el sorpresivo fallecimiento antes de que pudiese ser consciente de su éxito. Así pues volvemos a preguntarnos lo mismo, parafraseando a Lionel Shriver: todo esto para qué… Y la mejor prueba de ello consiste en que las páginas más apreciables de este cómic se encuentren en la cronología meramente textual que lo cierra.


En definitiva, la lectura de una novela gráfica debe suponer algo diferente, con atractivo propio, de un libro, un reportaje periodístico, la navegación por internet o un programa televisivo. De no ser así estamos minusvalorando un arte y convirtiéndolo en paradigma de la facilidad de acceso para lectores supuestamente muy ocupados. La larga tradición del tebeo no se merece tal cosa.

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