Por fin. Ya era hora, coño. Sabrá el amable lector (la amable
lectora, a lo suyo, al Hola) que la máxima autoridad lingüística ha escrito un
informe de gran altura científica en la que viene a poner orden en el pifostio
que habían organizado las feministas radicales con el idioma español. Sabido es
por todos ustedes que buena parte del déficit presupuestario que nos asola procedía
de la implementación de una policía idiomática compuesta por violentas mujeres
sin sujetador, contrarias a la familia y la maternidad –merendaban niños con
nutella-, que porra en mano y ciento volando patrullaban por centros escolares,
parlamentos y redacciones periodísticas dispuestas a detener, empleando la
fuerza si fuere necesario, y encerrar a todo aquel que osase no seguir sus
directrices sobre lo que debía o no escribirse en este país. Como consecuencia
de ello no sólo nos hemos gastados cientos de miles de millones de euros, sino
que las cárceles están saturadas de librepensadores y científicos de la lengua,
por no mencionar las purgas, revanchas y denuncias que sufrieron todos los
mártires de la causa. Menos mal que alguien ha decidido dar un paso al frente.
El informe sale ahora, precisamente ahora, con el cambio
de gobierno recién horneado y una mayoría absoluta incontestable sobre la mesa.
Pero ello es pura casualidad, vamos, nada de guiño al poder o aprovechamiento
de la situación, no, no, hablamos de ciencia, caballeros.
Porque es bien sabido que la lingüística lo es, como el
derecho, como la política o la economía, las cosas de tíos, coño. Los estudios
de género, por muchas supuestas especialistas mundiales, años de tradición,
bibliografía filosófica, antropológica, jurídica, etc., que dicen que existe,
no dejan de ser pequeñas manifestaciones de la histeria típicamente femenina. De
ahí la apelación que se realiza en el informe a que, cuando las tías éstas
quieran tocar las narices con algo, consulten previamente a “los
especialistas”. Vamos, al igual que ocurre en el derecho o la psicología, por
poner un ejemplo, que siempre que publican una guía o norma en la que de alguna
manera se incide en el lenguaje existe un informe previo y vinculante de la
Real Academia, a que sí.
Bueno, el caso es que el lingüista que firma este informe pega
un puñetazo sobre la mesa que ha sido recibido con lágrimas de emoción por esos
sectores oprimidos que todos conocemos. El tal Ignacio Bosque se limita, con
impecable rigor científico, insistimos, a exponer una serie de conclusiones
estrictamente relacionadas con su ciencia. Nunca, en una sola línea a lo largo
de su escrito, introduce juicios de valor ajenos a la especialidad que ejerce,
y menos aún en lo que atañe a las cuestiones de género. Veamos una serie de
ejemplos:
A manera de
ilustración, indicaré tan solo que conozco mujeres (algunas, sumamente
prestigiosas) que consideran ofensivo el establecimiento de cuotas que regulen
su acceso a puestos de responsabilidad, sea en el número de ministras o de
directoras generales que deben formar parte del Gobierno, el de catedráticas
que deben enseñar en una determinada universidad, el de miembros femeninos de
un comité o de un jurado o el de cirujanas de un hospital.
(Incuestionable dato estadístico: "conoce mujeres")
Hay acuerdo
general entre los lingüistas en que el uso no marcado (o uso genérico) del
masculino para designar los dos sexos está firmemente asentado en el sistema
gramatical del español, como lo está en el de otras muchas lenguas románicas y
no románicas, y también en que no hay razón para censurarlo. Tiene, pues, pleno
sentido preguntarse qué autoridad (profesional, científica, social, política,
administrativa) poseen las personas que tan escrupulosamente dictaminan la
presencia de sexismo en tales expresiones, y con ello en quienes las emplean,
aplicando quizá el criterio que José A. Martínez ha llamado despotismo ético en
su excelente libro El lenguaje de género y el género lingüístico (Universidad
de Oviedo, 2008).
(Es bien conocido que las guías de uso del lenguaje no sexista tienen fuerza de ley, y los varones que no las utilicen estrictamente son emasculados en plaza pública.)
Si la mujer ha de
sentirse discriminada al no verse visualizada en cada expresión lingüística
relativa a ella, y al parecer falla su conciencia social si no reconoce tal
discriminación, ¿cómo establecemos los límites entre lo que su conciencia debe
demandarle y el sistema lingüístico que da forma a su propio pensamiento? Si no
estamos dispuestos a aceptar que es la historia de la lengua la que fija en
gran medida la conformación léxica y sintáctica del idioma, ¿cómo sabremos
dónde han de detenerse las medidas de política lingüística que modifiquen su
estructura para que triunfe la visibilidad?
(Ahí sí que lleva razón: la historia lo fija todo. Desde el uso de la lengua al sexo de los cargos directivos y decisorios en los centros de poder, desde el reparto de roles en el hogar a los objetos de consumo compartimentados por géneros... Y lo que fija la historia, fijado queda. Por cierto... ¿quién es "la historia?, ¿quién la crea, la escribe, la petrifica? Ah, que lo hace sola...)
Un buen paso
hacia la solución del “problema de la visibilidad” sería reconocer, simple y
llanamente, que, si se aplicaran las directrices propuestas en estas guías en
sus términos más estrictos, no se podría hablar.
(Hay, esas comillas en el "problema de la visibilidad"... Si es verdad que el lenguaje lo dice todo sobre nosotros.)
Llama la atención
el que sean tantas las personas que creen que los significados de las palabras
se deciden en asambleas de notables, y que se negocian y se promulgan como las leyes.
(En este punto nuestro héroe se lanza al vacío y critica a la propia institución a la que pertenece, qué grande.)
En fin, como vemos, este francotirador del pensamiento,
ajeno a cualquier cosa que pudiere parecerse a una “asamblea de notables” (la
Real Academia es el foro de la ciencia meritocrático por excelencia) deja en
pelota picada a las feministas con argumentos escrupulosamente científicos. Al
final del informe se le ha pasado incluir la bibliografía revisada para
elaborarlo, especialmente en lo que atañe a los estudios sobre lenguaje y sexo.
Seguramente se trata de un mero error, o de que en realidad no pasan de tres o
cuatro folletos los que puedan existir. En fin, incluyo algunas referencias al
respecto, y me detengo en la eme, para no atorar el blog, pero que no lo tome
el lector como algo serio, ya que las cosas serias son otras, como decíamos al
principio, y esto son pajas mentales de las radicales feministas (y un puñado
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Vamos, que el informe deja claro que todo esto son
gilipolleces, y para ratificarlo ha salido a la palestra uno de los Académicos
más ilustres, Arturo Pérez Reverte, calificándolo de “zapatazo en la boca”
(certera descripción). Todos conocemos bien a este valeroso caballero español,
que escribe con cojones, y hace lo que se sale de la puntalapolla, un tío que a
base de echar el pecho p’alante, agarrarse el paquete y decir verdades como
puños ha sabido sobrevivir en zonas de guerra y ha superado con bastante éxito
su fatal, eterna, dolorosa mediocridad literaria. Tiene mérito, un jabato, el
tío.
Así que nada, esperemos que esta sea la primera hostia de
las muchas que se van a repartir, ahora que toca, en las caras de las feministas.
Ni cuotas, ni conciliaciones (léase atentamente la reforma laboral, cuántos
goles se les han colado a esas listas mientras todos discutían sobre el
abaratamiento del despido), ni guía, ni educaciones. A ver si vamos entendiendo
que la cosa está muy mal, hay pocos puestos de trabajo, sobran tíos para
desempeñarlos y, sin embargo, se necesitan con urgencia “ángeles del hogar”.
Este es el clima en que nuestro amigo el francotirador
ajeno a asambleas de notables ha puesto los huevos sobre la mesa. Venga,
que pase el siguiente.
(Comprenderá el lector, e incluso la lectora, que no cabe discusión cuando sólo una de las partes se arroga autoridad sobre la materia. Lo que procede en ese caso es ponerle la nariz de payaso o el bigote duchampniano, y reírse en su puñetera cara.)