viernes, 4 de enero de 2013

Apuntes de 2013. Catastrofismos.

Nunca como este año han sonado tal artificiosos los buenos deseos, copa de cava en mano, de los presentadores de televisión. Los responsables políticos, con la siempre servil, acrítica y descerebrada ayuda de los medios de comunicación, se han encargado ya, antes de los brindis del 1 de enero, de dejarnos claro que en 2013 no habrá esperanza. Cuesta entender tanta estupidez colectiva. Estos furibundos ataques de realismo en plena época navideña, cuando muchos sectores económicos dependen del buen ánimo con que se afronte el consumo, parecen responder a algún plan secreto de un villano de cómic -¿el joker quizás?-. Duele imaginar a alguien dejando de comprar, de invertir, de arriesgar, por el clima general tan inequívocamente pesimista que nos invade. No es tiempo de falsas esperanzas, por supuesto. Pero quitarnos la capacidad de soñar con un futuro mejor durante sólo cuarenta y ocho horas es algo innecesariamente cruel. Sin duda que no nos hubiese venido mal un poco de ese realismo cuando construíamos aeropuertos, centros de congresos y onanismos varios de arquitectos subvencionados.

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