martes, 1 de enero de 2013

Apuntes de 2013: dilemas.

Inicio con esta entrada una colección de "apuntes de 2013". La vida del blog, a lo largo del año que comienza, se verá liberada de la sobrecarga de trabajo que durante alguno de los precedentes me han supuesto las reseñas. No se trata de que lo anterior o lo nuevo sea más o menos acertado, sino de responder a las meras, y a veces apremiantes, necesidades de la vida y la literatura. 

2013 debe proporcionarme tiempo para mi formación y tiempo, sobre todo, para mi tercera novela, de ahí que vaya a frecuentar bastante menos el reseñismo: sólo acudiré a él cuando el mensaje precise ser comunicado al mundo con urgencia, ya sea para compartir un libro maravilloso o para evitar las tragedias que se derivarían, sin mi abnegada intervención, de la mala literatura. 

Si echamos la vista atrás debemos lamentar lo mucho que está transformando la realidad esta crisis económica. Siempre se mide el sufrimiento en estadísticas generales y en términos duales: desempleo y trabajo, por ejemplo. Pero más allá de ello hay muchos proyectos personales, fantasías, aspiraciones compartidas que se han venido abajo. Y quizá la mejor manera de afrontarlo consista en hacer compatible el esfuerzo por abrirse camino en el desastre y la capacidad de disfrute de lo cotidiano. No podemos perder la ilusión, el deslumbramiento y la sonrisa. Es algo, por ejemplo, que constantemente trata de enseñarnos nuestra perrilla: mira, aquí estoy, tumbada en este único punto de la casa donde ahora mismo da el sol, ¿cabe desear algo más?. Claro que no.

Volviendo a la escritura, de nuevo se presenta ante mí el dilema géminis que me ha acompañado toda la vida. Nunca he creído demasiado en los signos zodiacales, pero a medida que he ido escuchando a otras personas que los tienen en mayor estima, no dejo de sorprenderme de lo mucho que el mío habla de mí. Los géminis vivimos encarando siempre el doble camino, el punto de bifurcación. Y damos unos pasitos en la dirección que escogemos, pero apenas iniciados empezamos a pensar si no nos habremos equivocado, y entonces se nos ocurren mil argumentos con los que justificar que en realidad la buena era la otra... Para a continuación hacer lo mismo con el camino rectificado. Sólo cuando la cosa se hace ya irreversible aprendemos a aceptar nuestra decisión y trabajar por ella. 

Me encuentro a principios de año con dos posibles proyectos novelísticos, y debo elegir. Ambos serían previsiblemente extensos, así que no resultan compatibles. Empezaré con mis dudas y mis pasitos, y ya veremos. Cuando era niño solía jugar de portero de fútbol, por un lado me fascinaba su papel, la peculiaridad de sus movimientos, y la firmeza que debía transmitir -además de las equipaciones maravillosas de las estrellas de entonces: Arkonada, Urruti, Sempere...-; pero al mismo tiempo me abrumaba la responsabilidad, y debía reconocer que en mi elección pesaba también lo torpe y poco ágil que me sentía para ser jugador de campo. Recuerdo muchas horas de fútbol en la infancia, pegado a la portería, como un sufrimiento en espera de la amenaza de los delanteros contrarios, y como un anhelo secreto de poder estar allí en medio del campo y pelear por el balón, dar un pase, marcar un gol... Con los años me di cuenta de que el lugar en el que podía desempeñar un mejor papel era la portería; y el que más me divertía, el de los jugadores de campo. 

Quizá deba ahora aprender de aquello, observar los dos caminos que tengo ante mí y echar a andar por aquel en el que mejor me lo pase. Tan sencillo como eso. A veces Betty también tiene sus "momentos géminis": estamos jugando en el pasillo, yo le tiro la pelotita de tenis y ella corre, la coge con la boca y me la trae -es muy cómico ver cómo también intenta "tirarla"-; pero en ocasiones, cuando regresa con su pieza, se encuentra de repente en el trayecto con otro de sus muñecos, y se queda parada, confusa, como pensando "¿cuál de los dos me llevo?". Sin embargo el dilema dura apenas unos segundos: la pelota es lo que mas la divierte.

Pues eso.





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