martes, 8 de enero de 2013

Apuntes de 2013. El lenguaje perdido de las grúas.

David Leavitt tituló así su excelente primera novela. Trataba sobre el tránsito a la madurez de un joven en la Nueva York de los noventa, y en mitad de una familia llena de secretos e imposturas. Hacia la mitad del libro había una escena memorable que rompía la coherencia argumental; desligada del resto de la historia, cristalizaba en ella sin embargo todo cuanto quería contar el libro: el bebé de una madre adolescente, fruto de una violación, se pasaba los días en su cuna, junto a la ventana, desatendido y mal alimentado, llorando constantemente. Pero de repente un día dejó de llorar, y a medida que fue pasando el tiempo ese silencio llamó la atención de los vecinos, que terminaron por avisar a los servicios sociales temerosos de que hubiese pasado algo. Cuando los bomberos derribaron la puerta descubrieron que el bebé había sido definitivamente abandonado. Permanecía en su cuna, y sin embargo se intentaba incorporar en una especie de gesto maquinal y extraño, con uno de los brazos extendidos y un movimiento repetido y en apariencia absurdo. Entonces alguien reparó en lo que se veía a través de la ventana, y que había constituido la única compañía y el único aprendizaje vital del desafortunado bebé: una grúa enorme, con un largo brazo que giraba transportando la carga en una obra cercana. La criatura había aprendido, por imitación, el lenguaje perdido de las grúas.

Recuerdo esa anécdota cada vez que veo a un niño pequeño, incapaz aún de la verdadera maldad, hacer ademán de agredir a un perrito o a un gato, aun por mera curiosidad, aun a modo de juego. No puedo hacerlo responsable: me basta observar a su padre para entender que también él ha aprendido, por imitación, un peligroso lenguaje secreto. Y que costará años de esfuerzo educativo enseñarle la empatía, la comprensión, el amor por los animales o incluso algo mucho más básico: la mera piedad.

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