jueves, 4 de abril de 2013

“Cuerpos extraños”, de Cynthia Ozick. Asuntos de familia.

Reconozco que el enraizamiento de un libro en el territorio bien asentado de la narrativa jamesiana me predispone a favor de su lectura. Así acudí a este “Cuerpos extraños”, que se anuncia además como una suerte de variación sobre “Los embajadores” del maestro, título maltratado en la única traducción disponible hasta hace poco en español, la de Antonio Prometeo-Moya en Montesinos. La novela de James marcaba un hito dentro de su trayectoria, formaba parte de la trilogía que junto a “Las alas de la paloma” y “La copa dorada” suponía la culminación de su estilo. “Los embajadores”, uno de sus títulos predilectos, era un verdadero concentrado químico de la prosa elusiva y las tramas punzantes a la vez que discretas del escritor. Lástima que aquella traducción poco menos que ilegible dificultase su acceso para el lector en español, aunque la propia editorial Montesinos ha tratado de enmendar el error con una nueva edición hace un par de años –aún no la he leído, no puedo opinar-.
 
El libro de Ozick parte del mismo basamento argumental: la embajada que se encomienda a su personaje principal, consistente en acudir a Paris al rescate del hijo descarriado de una familia americana. En este caso la protagonista es una mujer, y el joven huidizo,  su sobrino. Hasta aquí las concomitancias, y no era de esperar que fuesen más lejos al modo de esos experimentos postmodernos de relectura de los clásicos. Sin embargo podemos decir que se ha hecho flaco favor a la autora al insistir tanto en su inspiración jamesiana, pues donde en “Los embajadores” había un admirable ejercicio de exploración psicológica, y un análisis perfecto del clásico conflicto entre la América inocente y la Europa corrompida, nos encontramos aquí una historia intimista deslavazada, un pasar páginas aburrido, sin emoción estética ni pulso narrativo.
 
Narrada en una tercera persona omnisciente, alejada del hábil manejo del punto de vista por parte de James, y con ocasional empleo de las cartas entre la protagonista y su hermano o su sobrina, se nos presenta el viaje y la búsqueda como un mero asunto de familia que podría haber sido tratado en cualquier otra novela sentimental. Y es que el personaje, Bea, no se encuentra frente a la fascinación transformadora de un mundo nuevo, sino que aprovecha el encargo para saldar cuentas con su propio pasado: un amor que todavía hiere, unas relaciones familiares castradoras. La embajada aparece así como una excusa en la trama que podía haber sido sustituida por cualquier otra.
 
Escrita en una prosa correcta, con abundantes diálogos y epístolas que posibilitan en sentido del humor, pero carecen de relieve, echamos de menos el verdadero conflicto propio de la novela, dado que esa variación jamesiana no se plantea con un propósito estrictamente artístico. Pienso que a las cuidadísimas ediciones de Lumen, una editorial siempre a seguir que está rescatando autoras admirables del siglo pasado, no le hacen falta excesivos anclajes a los antecesores de sus lanzamientos. Y es que en la literatura, como en la vida, la familia puede ser un gran apoyo o una gran, insuperable carga.

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