domingo, 28 de abril de 2013

“Local”, de Brian Wood y Ryan Kelly. El mapa de la vida.


Son tan pocas las ocasiones en que uno se encuentra con un cómic –o novela gráfica- que aborde la ficción desde un punto de vista maduro, profundo y transversal en cuanto a la edad y sexo de sus destinatarios que no cabe sino manifestar entusiasmo ante la publicación de una obra como “Local”. La paradójica vitalidad editorial del género se contradice con su inflexible segmentación y limitados propósitos: la ficción superheróica, la pseudohistoria fantástica a rebufo de Tolkien y el amplio muestrario de traumas generacionales -ceñido a los que nacieron en los ochenta- que abunda en esos tomos de dibujo desmañado y tema único –“el mundo no me entiende”-.



La obra de Wood y Kelly recorre la vida de una chica errabunda, que afronta su destino como un viaje continuo a través de diversos estados americanos. En cada uno de ellos encuentra nuevos motivos para seguir huyendo, pero todos le dejan una huella experiencial que poco a poco la va conformando como adulta. Megan, la protagonista, se nos presenta con distancia y buen empleo del punto de vista, como en una tercera persona que se limitase a describir sin juzgar, al modo de la “omnisciencia limitada” de los maestros literarios de lo psicológico; lo cual da fe del respeto de los creadores hacia su personaje, pues no es éste mera excusa para desarrollar un discurso. Y es que ignoramos el porqué de ese deseo constante de seguir adelante sin tan siquiera tomar aliento, un deseo que -seguramente de forma apresurada- achacamos a la inconsciencia de la juventud, y que se contradice con la soledad que la persigue durante todo su recorrido, de la que intenta librarse en ocasiones de forma desesperada. “Local” es una gran obra sobre la soledad, y algunos de sus episodios resultan memorables a ese respecto. El cambio, la necesidad de empezar de cero, arrastra consigo el despojamiento de las relaciones personales que se han ido fraguando, y nuevos comienzos difíciles. Unas viñetas amplias, de gran expresividad -mediante el mero uso de blancos y negros- y afán figurativo se ponen al servicio de un guión tan inteligente como emotivo.


Cada capítulo se corresponde con una ciudad diferente, y con un una nueva experiencia de vida. Así se va dibujando un mapa en cuyo recorrido no resulta difícil identificar paisajes que cada lector, por su cuenta, ha transitado. Algunos de ellos constituyen excelentes relatos literarios, y su variedad temática hace la lectura muy entretenida: encontramos  una original historia romántica, un thriller de acción, varias peripecias intimistas sobre el desarraigo, conflictos generacionales, reflexiones sobre el paso del tiempo... Hasta llegar a un final en el que la memoria ocupa el primer plano y permite al personaje reconciliarse con lo vivido y consigo misma, porque todo viaje encierra dentro el deseo de retornar. Megan va cambiando ante nuestros ojos hasta convertirse en una mujer adulta, la vemos equivocarse, amar, reír, llorar y, en definitiva, crecer. Quizá es algo a lo que estamos acostumbrados en el cine o la literatura, pero no tanto en el cómic. La obra de Wood y Kelly marca una senda que deberían frecuentar más los editores españoles, al menos aquellos que deseen que el género trascienda el encasillamiento adolescente. 





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